Odontofobia, cuando ir al dentista provoca pánico

Se estima que el 15% de la población sufre este miedo irracional. La comunicación con el estomatólogo y los distintos tipos de anestesia suelen ayudar a superar el trance. Algunos apenas pueden conciliar el sueño la víspera, pero hay quien no duerme en varios días; otros son incapaces de permanecer quietos en la sala de espera, o se echan a llorar de forma repentina.



Y el miedo puede llegar a ser tal que es posible que acabe derivando en una enfermedad como la gastritis. A nadie, o casi nadie, le gusta ir al dentista, pero entre la habitual inquietud que genera la visita al estomatólogo al pánico y miedo irracional que sufren algunos hay un paso. Un salto que los profesionales intentan solventar mejorando la comunicación con el paciente y echando mano de recursos como la anestesia, un campo que ha evolucionado sobremanera en las últimas décadas.

La odontofobia afecta al 15% de la población, según el porcentaje que maneja la Organización Mundial de la Salud en base a estadísticas realizadas en los Estados Unidos, y que se suelen extrapolar a los países occidentales. «Un 15% entra en la categoría de fóbico, porque si preguntásemos en la calle, el 90% nos diría que ir al dentista les provoca ansiedad», señala Javier Sanz, secretario de la junta del Colegio Oficial de Odontólogos y Estomatólogos de Gipuzkoa.

Por ello, Sanz distingue entre fobia y ansiedad, «que es un estadio primario de fobia. Por gusto no va nadie al dentista. Fóbicos no hay muchos, ansiosos sí». La ansiedad consiste en sentir cierta intranquilidad, incluso un leve miedo, ante situaciones como montarse en un avión, ver agujas, meterse en espacios cerrados, etc. La fobia va más allá y consiste en un miedo irrefrenable, de pánico insuperable, que llega a limitar la vida del afectado. «A mí cuando monto en avión me sudan un poco las manos, no voy del todo tranquilo, pero ya está. En cambio, si alguien se plantea ir a Nueva York en barco porque es incapaz de subirse a un avión, es que tiene fobia».

Y hay quien tiene fobia al dentista, por lo que ha de ser tratado como un paciente especial. Cuenta Sanz, que también es jefe del servicio de estomatología de Policlínica Gipuzkoa, que los fóbicos no pasan desapercibidos. Noches de insomnio - «se les suele ver fatal, de no haber dormido»-, lloreras descontroladas -«cuando te cuentan que llevan varios años sin venir contraviniendo los consejos de sus allegados y a pesar de sufrir molestias»-, o aquellos que lo pasan tan mal con solo pensar que se tienen que tumbar en la consulta de un dentista que llegan a ponerse físicamente enfermos y llaman diciendo que están con una gastritis, vomitando o con diarrea. «Y en el fondo, se debe al miedo que sienten».

También hay quien prácticamente 'salta' nada más ver a personas con batas blancas o el instrumental. «De hecho, la tendencia ahora es a no enseñarlo a diferencia del dentista clásico, que solía tener todo a la vista en una especie de exhibición de sus medios técnicos». Y, además de estas señales, los fóbicos suelen reconocer que lo son, «y te confiesan que llevan diez años sin venir por miedo».

Mucha comunicación

Ante estas situaciones, los estomatólogos suelen tener como referencia las recomendaciones, que son de sentido común, de la Asociación Dental Americana (ADA). La primera, y fundamental, es la comunicación. Tratar de entablar una relación de confianza en la que el paciente explique lo que le pasa y el odontólogo se haga cargo de la situación. «Cuando te cuentan sus preocupaciones, ves que la tensión se rebaja». Concretar la cita en una hora sin prisas y de mayor tranquilidad para el paciente es importante para crear este clima que favorecerá la superación del miedo.

Porque antes de ponerse manos a la obra, «es muy importante», insiste Sanz, que el dentista se tome el tiempo necesario para hablar con el paciente. Y, a continuación, lo habitual es que con los fóbicos se siga el procedimiento que se emplea con los niños pequeños, el 'show-tell-do'. «En psicología se habla de terapia conductual. Se trata de explicar y mostrar cómo va a ser el procedimiento, antes de llevarlo a cabo». No obstante, hay situaciones en las que se contraviene esta recomendación. «Hay quien te dice que prefiere no saber nada de lo que le vas a hacer». O todo lo contrario. «Otros, en cambio, se interesan por ejemplo por los aspectos técnicos de los implantes, del material del que están compuestos, el tipo de rosca...».

La comunicación, la empatía y el sentirse en un entorno de confianza es básico, reiteran desde el colegio.

«De hecho, hay gente que viene diciendo que se suele marear. Yo les respondo que no pasa nada y que se mareen tranquilamente, que la consulta es el mejor lugar para marearse porque están tumbados y no se van a caer. Cuando les dices esto, ya no se marean». Si se rompe el esquema de tensión, se gana mucho.
También puede ayudar a superar los momentos de nervios escuchar música, apretar una pelota elástica o visualizar imágenes agradables. Cualquier cosa que relaje y evada, siempre que no interfiera en la labor del equipo odontológico. «Es que hay gente que me ha pedido si a los 10 minutos puede salir a fumar. Pues eso no».

En el caso de los odontofóbicos, se puede aplicar una dosis mayor de anestesia o esperar más tiempo a que haga efecto, «porque generalmente suelen tener el umbral del dolor disminuido. Están tan alerta que les das un pellizco y saltan».

Si con la anestesia no es suficiente, y dependiendo del procedimiento que haya que realizar, se puede recurrir a la sedación oral, que consiste en tomar un ansiolítico en la misma consulta. «Habitualmente usamos un tipo de ansiolítico que hace efecto durante tres horas, porque los que se emplean para dormir (Orfidal, Valium, etc.) no tienen demasiada potencia pero duran unas ocho horas, demasiado tiempo», explica Sanz.

¿Y para qué procedimientos se emplean ansiolíticos? «Habitualmente en implantología, porque necesitamos que el paciente esté quieto y relajado entre una y dos horas, pero en el caso de un fóbico se puede recurrir para hacer unos empastes, por ejemplo». Eso sí, para la siguiente cita se procura prescindir, si es posible, de esta sedación.

Ir paso a paso

La tercera fase consistiría en una sedación consciente, que el anestesista suministra de forma intravenosa. «La persona está consciente pero sedada. Sirve para procedimientos que no sean excesivamente largos y en pacientes que no estés exageradamente ansiosos». ¿Por qué no? «Porque si a un paciente le tienes que sedar mucho estás llegando a la frontera en la que deja de respirar, y entonces ya estaríamos hablando de anestesia general, que es un paso más profundo en el que una máquina respira por ti. Cuando interpretamos que tenemos que hacer un trabajo de mucho tiempo preferimos ir directamente a la anestesia general. En cambio, si es un procedimiento de media hora, optaríamos por una sedación». ¿De qué casos estaríamos hablando? «Siempre se intentan todos los métodos anteriores pero, por ejemplo, si a un paciente odontofóbico hay que extraerle una pieza infectada, o hay que realizar varias extracciones y un empaste, y ves que con los anteriores pasos no es suficiente, se podría recurrir a la sedación».

Pero Sanz insiste en que nunca hay que saltar de un paso a otro si no es necesario. De hecho, no es raro que un fóbico demande directamente la anestesia más profunda para no enterarse de nada. «Pero no es una buena idea. Sería solucionar el problema ahora, pero ¿va a volver a solicitar anestesia general cuando tenga que volver dentro de dos años? Es como si a un niño que no quiere ir a clase le regalasen una PlayStation cada vez que va al colegio. El objetivo con los odontofóbicos es tratar de reconducir el problema».
Y en casos muy extremos, cuando el estomatólogo lo considere oportuno, puedo incluso derivar al paciente con pánico exagerado a la consulta del psicólogo o el psiquiatra. «Pero eso es muy raro. A mí no me ha pasado nunca».

Fuente: diariovasco.com

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